29/11/2006
El Libro del Hombre de Osho

El guerrero
Ser un guerrero no significa ser un soldado, es sólo una cualidad de la mente. Puedes ser un hombre de negocios y un guerrero; puedes ser un guerrero y un hombre de negocios.
«Hombre de negocios» significa una cualidad mental que está siempre regateando, tratando de dar menos y sacar más. Eso es lo que quiero decir cuando uso la palabra «hombre de negocios»: tratar de dar menos por más, siempre regateando, siempre pensando en el beneficio. Un guerrero es de nuevo una cualidad mental, la cualidad del jugador, la cualidad de poder arriesgar todo de esta manera o de la otra, no la de uno que regatea; una mente que no transige.
Si un hombre de negocios piensa en la iluminación, piensa en ella como una ventaja más. Tiene una lista: tiene que construir un gran palacio, tiene que comprar esto y aquello, y al final tiene que comprar además la iluminación. Pero la iluminación está siempre en último lugar: cuando ya está todo hecho, entonces; cuando ya no queda nada por hacer, entonces. Y esa iluminación también la tiene que comprar porque él sólo entiende de dinero.
Sucedió que un hombre importante y rico llegó a Mahavira. Era verdaderamente muy rico; podía comprar cualquier cosa, incluso reinos. Hasta los reyes le pedían dinero prestado.
Llegó a Mahavira y le dijo:
-He oído hablar tanto de la meditación y durante el tiempo que has estado aquí has creado una moda entre mi gente; todo el mundo está hablando de meditación. ¿Qué es la meditación? ¿Cuánto cuesta, y dónde puedo comprarla?
Mahavira dudó; entonces el hombre dijo:
-No te preocupes en absoluto por el precio. Simplemente dímelo y yo lo pagaré; no hay ningún problema.
¿Cómo explicárselo a este hombre? Mahavira no sabía qué decirle. Finalmente, Mahavira dijo:
-Ve... En tu ciudad hay un hombre, un hombre muy pobre; quizá él esté dispuesto a vender su meditación. Él ha llegado, y es tan pobre que podría estar dispuesto a venderla.
El hombre dio las gracias a Mahavira, fue corriendo a ver al hombre pobre, llamó a su puerta y le dijo:
-¿Cuánto pides por tu meditación? Quiero comprar tu meditación.
El hombre se echó a reír. Le dijo:
-Me puedes comprar a mí, de acuerdo. Pero, ¿cómo puedo darte mi meditación? Es una cualidad de mi ser, no es una mercancía.
Pero los hombres de negocios siempre han pensado de esta manera. Hacen donaciones para comprar algo, crean templos para comprar algo. Dan, pero su dar no es nunca un dar; es siempre para conseguir algo, es una inversión.
Cuando te digo que seas un guerrero, quiero decir que seas un jugador, que lo arriesgues todo. Entonces la iluminación se convierte en un asunto de vida o muerte, no en una mercancía, y estás dispuesto a perder todo por ella. Y no estás pensando en el beneficio.
La gente viene a mí y me pregunta: «¿Qué vamos a ganar con la meditación? ¿Qué propósito tiene? Si le dedicamos una hora a la meditación, ¿cuál será el beneficio?» Toda su vida es economía.
Un guerrero no va detrás del beneficio; un guerrero va buscando alcanzar un clímax, una experiencia culminante. ¿Qué hace el guerrero cuando lucha en la guerra? Vuestros soldados han dejado de ser guerreros, son sólo funcionarios. Los guerreros han abandonado esta tierra porque todo este asunto se resuelve ahora con tecnología. Tiras un bomba en Hiroshima; el piloto no es un guerrero. Lo podría hacer hasta un niño, cualquier loco lo podría hacer; de hecho, sólo un loco puede hacerlo. Tirar la bomba en Hiroshima no es ser un luchador o un guerrero.
La guerra ya no es lo que era en el pasado; ahora puede hacerlo cualquiera, y antes o después lo harán sólo con dispositivos mecánicos. Puede hacerlo un avión sin piloto; y el avión no es un guerrero. La cualidad se ha perdido.
El guerrero se enfrentaba, se encontraba con el enemigo cara a cara. Imagina a dos personas con las espadas desenvainadas frente a frente: ¿pueden pensar? Si piensan serán derrotados. El pensamiento se detiene; cuando las espadas están en alto el pensamiento se detiene. No pueden planear porque si planean en ese momento, el otro golpeará. Se mueven espontáneamente, se convierten en no mentes. El peligro es tan grande, la posibilidad de morir está tan cerca, que no se le puede permitir funcionar a la mente. La mente necesita tiempo; en las emergencias la mente no puede funcionar. Cuando estás sentado en tu silla puedes pensar, pero cuando estás frente al enemigo no puedes pensar.
Si vas por una calle, una calle oscura, y de repente ves una serpiente, una serpiente peligrosa allí sentada, ¿qué harás? ¿Te pondrás a pensar? No, darás un salto. Y ese salto no vendrá de tu mente porque tu mente necesita tiempo, y las serpientes no tienen tiempo; no tienen mente. La serpiente te atacará, por eso no puedes dejar que entre la mente. Cuando estás frente a la serpiente saltas, y ese salto viene de tu ser; llega antes que el pensamiento. Primero saltas y luego piensas.
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01/11/2006
Viaje a Ixtlán de Carlos Castaneda

- ¿Me enseñará usted algún día lo que sabe del peyote? -pregunté.
Él no respondió y, como había hecho antes, se limitó a mirarme como si yo estuviera loco.
Le había mencionado el tema, en conversación casual, varias veces anteriores, y en cada ocasión arrugó el ceño y meneó la cabeza. No era un gesto afirmativo ni negativo; más bien expresaba desesperanza e incredulidad.
Se puso en pie abruptamente. Habíamos estado sentados en el piso frente a su casa. Una sacudida casi imperceptible de cabeza fue la invitación a seguirlo.
Entramos en el chaparral, caminando más o menos hacia el sur. Durante la marcha, don Juan mencionó repetidamente que yo debía darme cuenta de lo inútiles que eran mi arrogancia y mi historia personal.
- Tus amigos -dijo volviéndose de pronto hacia mí-. Esos que te han conocido durante mucho tiempo: debes ya dejar de verlos.
Pensé que estaba loco y que su insistencia era idiota, pero no dije nada. Él me escudriñó y echó a reír.
Tras una larga caminata nos detuvimos. Estaba a punto de sentarme a descansar, pero él me dijo que fuera a unos veinte metros de distancia y hablara, en voz alta y clara, a un grupo de plantas. Me sentí incómodo y aprensivo. Sus extrañas exigencias eran más de lo que yo podía soportar, y le dije nuevamente que no me era posible hablar a las plantas, porque me sentía ridículo. Su único comentario fue que me daba yo una importancia inmensa. Pareció hacer una decisión súbita, y dijo que yo no debía tratar de hablar a las plantas hasta que me sintiera cómodo y natural al respecto.
- Quieres aprender todo lo de las plantas, pero no quieres trabajar para nada -dijo, acusador-. ¿Qué te propones?
Mi explicación fue que yo deseaba información fidedigna sobre los usos de las plantas; por eso le había pedido ser mi informante. Incluso había ofrecido pagarle por su tiempo y por la molestia.
-Debería usted aceptar el dinero -dije-. En esta forma los dos nos sentiríamos mejor. Yo, entonces, podría preguntarle lo que quisiera, porque usted trabajaría para mí y yo le pagaría. ¿Qué le parece?
Me miró con desprecio y produjo con la boca un ruido majadero, exhalando con gran fuerza para hacer vibrar su labio inferior y su lengua.
-Eso es lo que me parece -dijo, y rió histéricamente de la expresión de sorpresa absoluta que debo haber tenido en el rostro.
Obviamente, no era un hombre con el que yo pudiera vérmelas fácilmente. Pese a su edad, estaba lleno de entusiasmo y de una fuerza increíble. Yo había tenido la idea de que, por ser tan viejo, resultaría un "informante" perfecto. La gente vieja, se me había hecho creer, era la mejor informante porque se hallaba demasiado débil para hacer otra cosa que no fuese hablar. Don Juan, en cambio, era un pésimo sujeto. Yo lo sentía incontrolable y peligroso. El amigo que nos presentó tenía razón. Era un indio viejo y excéntrico, y aunque no se halla perdido de borracho la mayor parte del tiempo, como mi amigo había dicho, la cosa era peor aún: estaba loco. Sentí renacer las tremendas dudas y temores que había experimentado antes. Creía haber superado eso. De hecho, no tuve ninguna dificultad para convencerme de que deseaba visitarlo nuevamente. Sin embargo, la idea de que acaso yo mismo estaba algo loco se coló en mi mente cuando advertí que me gustaba estar con él. Su idea de que mi sentimiento de importancia era un obstáculo, me había producido un verdadero impacto. Pero todo eso era al parecer un mero ejercicio intelectual por parte mía; apenas me hallaba cara a cara con su extraña conducta, empezaba a experimentar aprensión y deseaba irme.
Dije que éramos tan distintos que, pensaba, no había posibilidad de llevarnos bien.
- Uno de nosotros tiene que cambiar -dijo él, mirando el suelo-. Y tú sabes quién.
Empezó a tararear una canción ranchera y, de repente, alzó la cabeza para mirarme, Sus ojos eran fieros y ardientes. Quise apartar los míos o cerrarlos, pero para mi completo asombro no pude zafarme de su mirada.
Me pidió decirle lo que había visto en sus ojos. Dije que no vi nada, pero él insistió en que yo debía dar voz a aquello de lo que sus ojos me habían hecho darme cuenta. Pugné por hacerle entender que sus ojos no me daban conciencia más que de mi desazón, y que la forma en que me miraba era muy incómoda.
No me soltó. Mantuvo la mirada fija. No era declaradamente maligna ni amenazante; era más bien un mirar misterioso pero desagradable.
Me preguntó si no me recordaba un pájaro.
- ¿Un pájaro? -exclamé.
Soltó una risita de niño y apartó sus ojos de mí.
-Sí -dijo con suavidad-. ¡Un pájaro, un pájaro muy raro!
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21/09/2006
Psicomagia de Alejandro Jodorowsky

Yo tuve la suerte de tener mi primer sueño lúcido a los diecisiete años. En ese sueño yo estaba en un cine en el que se proyectaba una película de dibujos animados digna de Dalí. De pronto me vi sentado en el centro de la sala y supe que estaba soñando. Miré hacia la salida, pero, como no era más que un adolescente carente de toda cultura espiritual o psicoanalítica, pensé: “Si cruzo esa puerta, entraré en otro mundo y moriré”, ¡Y sentí pánico! Mi única solución era despertarme, por lo que hice enormes esfuerzos para salir del sueño, hasta el momento en que sentí que ascendía desde las profundidades hacia mi cuerpo, que parecía estar situado en la superficie. Me reintegré a mi envoltura y desperté. Así fue mi primera experiencia, y me pareció francamente aterradora. A partir de entonces empecé a familiarizarme poco a poco con el sueño lúcido.
En algún punto comencé dirigiendo un juego. Me decía: “Quiero ver pasar elefantes en África”. Y a los pocos segundos estaba en África, viendo pasar una manada de elefantes. Podía cambiar de decorado, desear ir al Polo Sur y luego ver miles de pingüinos... Esto me producía tanta felicidad que acababa por despertarme. Después he experimentado todo tipo de vivencias sobre mí mismo. Una vez quise saber qué era morir: me arrojé desde lo alto de un edificio y me estrellé contra el suelo. Inmediatamente, me encontré vivo en otro cuerpo, entre la multitud que miraba el cadáver del suicida. Así descubrí que el cerebro desconoce la muerte.
Otra ves decidí dejarme poseer por un dios mítico... Después me dediqué a realizar deseos no alcanzados en el estado de vigilia, especialmente deseos sexuales, por supuesto... En sueños me entregué a orgías fantásticas con mujeres semihumanas, semipanteras... Aquí quisiera insistir en un punto: antes de lograr el sueño lúcido, en el que yo controlaba las imágenes, tenía que vencer una serie de obstáculos que aparecían como otras tantas pruebas de iniciación. Sólo una vez superados merecía el derecho de ser dueño y señor de mis sueños. Este pasaje, extraído de mi cuaderno, muestra bien este aspecto del proceso:
“Estoy en un mundo industrial, sin naturaleza, únicamente compuesto por inmuebles. Es una frontera, no tengo documentos de identidad. Tres soldados me impiden el paso. Salto la barrera y echo a correr, perseguido por los militares. Tras abrir las puertas de un garage, me encuentro frente a un pozo de miles de kilómetros de profundidad. Al borde de ese abismo, me doy cuenta de que estoy soñando. Los perseguidores han dejado de existir. Decido arrojarme al fondo, sabiendo ya que nada puede ocurrirme. Salto y caigo a gran velocidad. No siento miedo. Siento el deseo de detener la caída. La caída cesa. En la pared aparece una puerta. Entro y ahora estoy en el pórtico de una catedral. Comprendo que tengo el poder mágico de hacer surgir ante mis ojos lo que yo quiera. Entonces siento el deseo de realizar una experiencia erótica. Creo tres mujeres-bestia, mitad panteras, mitad hembras humanas, que están en cuclillas o a cuatro patas. Beso a una en la boca, y sus labios largos parecen ninfas de vulva. Pruebo a introducirles mi dedo índice en el ano, bajo la cola. Poseo a una mientras las otras me arañan de modo agradable y trato de llegar a un orgasmo. Pero inevitablemente dejo de estar lúcido, y el sueño me absorbe y, finalmente, se transforma en pesadilla. Despierto con palpitaciones...”
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03/09/2006
Relatos de Poder de Carlos Castaneda

Si las puertas de la percepción quedaran depuradas, todo
se habría de mostrar al hombre tal cual es: infinito.
William Blake
Foto: Floriana Barbu
Un ruido súbito interrumpió su regocijo. Oí un extraño sonido grave, como golpeteó sobre madera, procedente del chaparral. Don Juan echó la mandíbula hacia adelante, haciéndome seña de permanecer alerta.
Esa es la polilla que te llama dijo en un tono carente de emoción.
Me levanté de un salto. El sonido cesó instantáneamente. Miré a don Juan en busca de una explicación. Él hizo un gesto cómico de impotencia, alzando los hombros.
- Todavía no has cumplido con tu cita, añadió.
Le dije que me sentía indigno, y que tal vez debiera irme a casa y regresar cuando tuviera más fuerza.
- Esas son idioteces, repuso, cortante. Un guerrero toma su suerte, sea la que sea, y la acepta con la máxima humildad. Se acepta con humildad así como es, no como base para lamentarse, sino como base para su lucha y su desafío.
"Nos demoramos mucho para comprender eso y vivirlo por entero. Yo, por ejemplo, odiaba mencionar la palabra humildad. Soy un indio, y los indios siempre hemos sido humildes y no hemos hecho nada más que agachar la cabeza. Yo pensaba que la humildad no tenía nada que ver con el camino del guerrero. ¡Me equivocaba! Ahora sé que la humildad del guerrero no es la humildad del pordiosero. El guerrero no agacha la cabeza ante nadie, pero, al mismo tiempo, tampoco permite que nadie agache la cabeza ante él. En cambio, el pordiosero a la menor provocación pide piedad de rodillas y se echa al suelo a que lo Pise cualquiera a quien considera más encumbrado; pero al mismo tiempo, exige que alguien más bajo que él le haga lo mismo.
"Por eso te dije hace rato que no entiendo lo que debe sentir un maestro. Yo sólo conozco la humildad del guerrero, y eso jamás me permitirá ser el amo de nadie."
Guardamos silencio unos momentos. Sus palabras me habían causado una profunda agitación. Me conmovían, y al mismo tiempo me preocupaba lo presenciado en el matorral. Mi evaluación consciente era que don Juan me ocultaba cosas y que debía saber lo que realmente estaba ocurriendo.
Me hallaba envuelto en tales deliberaciones cuando el mismo extraño golpeteo dispersó mis pensamientos con una sacudida. Don Juan sonrió y luego empezó a reír por lo bajo.
- Te gusta la humildad del pordiosero dijo suavemente. Agachas la cabeza ante la razón.
- Siempre pienso que me están engañando, dije. Ése es el punto de mi problema.
- Tienes razón. Te están engañando, repuso con una sonrisa encantadora. Eso no puede ser tu problema. El verdadero punto del asunto es que sientes que soy yo el que te está mintiendo, ¿no es así?
- Sí. Algo en mi no me permite creer que lo que está ocurriendo sea real.
- Otra vez tienes razón. Nada de lo que está ocurriendo es real.
- ¿Qué quiere usted decir, don Juan?
Las cosas son reales sólo cuando uno ha aprendido a estar de acuerdo de que son reales. Lo que sucedió esta noche, por ejemplo, no puede de ninguna manera ser real para ti, porque nadie podría este, de acuerdo contigo en ese respecto.
- ¿Quiere decir que usted no vio lo que ocurría?
- Claro que sí. Pero yo no cuento. Yo soy el que te está mintiendo, ¿recuerdas?
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13/03/2006
El Libro de la Nada de Osho

La realidad está justo ahí, siempre esperando cerca de tu corazón, cerca de tus ojos, cerca de tus manos. Puedes tocarla, puedes sentirla, puedes vivirla, pero no puedes «pensarla». Se puede ver, se puede sentir, se puede tocar; pero no se puede «pensar». Intenta entender la naturaleza del pensamiento. El pensamiento siempre es acerca de, nunca es directo. Puedes ver la realidad, pero si piensas en ella tendrá que ser acerca de y ese «acerca de» es la trampa, porque cuando piensas acerca de algo ya te has alejado de ello. «Acerca de» quiere decir indirectamente. «Acerca de» quiere decir que no verás la flor aquí y ahora, que pensarás acerca de ella, y ese «acerca de» se convertirá en una barrera. A través de este «acerca de» nunca llegarás a esta flor.
Ver es algo directo, tocar es algo directo; pero pensar es algo indirecto. Es por eso que el pensar no toca la realidad. Un amante puede conocer la realidad, hasta un bailarín puede conocerla, un cantante puede sentirla, pero un pensador sigue sin tocarla.
He oído acerca de un filósofo judío. Era un campesino ordinario pero muy filosófico. Se llamaba Yossel. Pensaba acerca de todo, como suelen hacer los filósofos. Le era muy difícil hacer nada porque el pensar llenaba todo su tiempo, y cuando por fin estaba listo ya había pasado la oportunidad.
Una vez fue al mercado de una aldea cercana para vender su trigo. Le dijo a su esposa: «En cuanto haya vendido el trigo, te mandaré un telegrama». Vendió el trigo obteniendo una gran ganancia, y luego fue a mandar el telegrama; entró en la oficina de correos, rellenó el impreso de envío y empezó a pensar en qué poner.
Escribió: «Trigo vendido provechosamente. Llego mañana. Amor y besos, Yossel».
Entonces empezó a reflexionar y pensó: «Mi esposa se va a creer que me he vuelto loco. ¿Por qué "provechosamente"? ¿Acaso vendería el trigo con pérdidas?». Así que tachó la palabra "provechosamente". Entonces se preocupó más aún porque, si había cometido un error con una palabra, puede que hubiera cometido otros errores. Así que volvió a leerlo todo parándose a pensar en cada palabra. Y pensó: «¿Por qué poner: "Llego mañana"? ¿Acaso voy a regresar el mes que viene? ¿El año que viene? Ella ya sabe que voy a regresar tan pronto como haya vendido el trigo». Así que tachó las palabras "llego mañana".
Más tarde pensó: «Mi esposa también sabe que he venido a vender el trigo, ¿entonces para que escribir: "Trigo vendido"? Y también tachó eso.
Entonces se echó a reír y dijo: «Le estoy escribiendo a mi propia esposa, ¿para qué le voy a poner "amor y besos"? ¿Acaso le estoy escribiendo a la esposa de otro? ¿Acaso es su cumpleaños o algo por estilo?». Y también tachó eso.
Ya sólo quedaba su nombre: Yossel. Y se dijo a sí mismo: «¿Yossel, te has vuelto loco? Tu mujer ya sabe tu nombre». Así que rompió el telegrama, contento de haberse ahorrado un dinerillo y algunas palabras sin sentido.
Pero así es como son las cosas: si vas pensando «acerca de», te pierdes la vida entera; poco a poco vas tachándolo todo. Y al final hasta tú acabas tachado; no solamente quedan tachadas las palabras, sino que al final hasta tú quedas tachado. El pensar se convierte en humo; todo se vuelve humo y se acaba.
Hacer algo se vuelve imposible; ni siquiera puedes mandar un telegrama. La acción se vuelve imposible porque es algo directo, y el pensar es algo indirecto. Nunca se encuentran.
Este es el problema que hay en el mundo. La gente que piensa, nunca actúa; y los que no piensan, actúan. El mundo es un caos. Los estúpidos continúan actuando porque nunca piensan, se meten de cabeza en todo. Los Hitlers, los Napoleones, los Maos, siempre están haciendo cosas, y la gente sabia, los llamados pensadores (Aristóteles, o Kant, o Hegel), siempre están pensando y nunca hacen nada.
El problema para un hombre que busca la realidad es cómo parar el círculo vicioso del pensar y aun así ser consciente. Porque los estúpidos tampoco piensan, pero no son conscientes. Sé consciente; la energía que va al pensar tiene que volverse consciencia. La consciencia que se mueve en un círculo vicioso al pensar tiene que conservarse, tiene que purificarse. El pensar tiene que parar, el girar de la consciencia tiene que parar, pero la consciencia no. La consciencia tiene que cristalizarse y la acción tiene que permanecer, la acción no debe parar.
Al unir la consciencia y la acción inmediatamente alcanzas la realidad. Y no sólo tú, sino que crearás una situación en la que otros también podrán encontrar la realidad. Te convertirás en el ambiente, en el clima alrededor del cual las cosas empezarán a ocurrir. Esto es lo que ocurrió con Buda, con Sosan, con Chuang Tzu.
Recuerda: la acción es buena; el pensar es un círculo vicioso, nunca te lleva a ninguna parte. Así que hay que dejar de pensar pero no de actuar. Hay gente que continuará pensando; dejará de hacer. Eso es lo que ocurre cuando una persona renuncia a la vida, se va a la selva, a los Himalayas. Renuncia a la acción, no al pensar. Renuncia al mundo en el que se necesita la acción. Renuncia a la propia realidad, porque es a través de la acción que te pones en contacto con la realidad. Ver es una acción, moverse es una acción, danzar es una acción, pintar es una acción. Cuando haces cualquier cosa, sea lo que sea, te pones en contacto con la realidad.
Tienes que volverte cada vez más sensible en tu hacer. No hay que renunciar a la acción; la acción tiene que estar totalmente presente, porque ese es el puente a través del cual tú te mueves en la realidad y la realidad se mueve en ti. Intenta comprenderlo, porque esto es algo muy básico; básico para mí: renuncia al pensar, no renuncies a la acción.
Hay gente que piensa y piensa, hay gente que renuncia a actuar. ¿Pero qué van a hacer en los Himalayas? Allí toda la energía, al no ser usada en la acción, se irá al pensamiento. Se harán grandes filósofos. Pero la filosofía es una tierra de tontos; se vive en palabras, no en realidades. El amor desaparece, sólo queda la palabra «amor». Dios desaparece; porque él estaba en los campos, en el mercado, en el mundo, y ahora tan sólo queda la palabra «Dios». Las acciones desaparecen y sólo quedan los conceptos. Tu cabeza se convierte en todo tu ser.
Evítalo. Nunca renuncies a la acción, renuncia solamente al pensar. Pero si renuncias al pensar cabe la posibilidad de que te vuelvas inconsciente o de que te conviertas en un estúpido. Puede que empieces a hacer cualquier cosa, puesto que ahora no sabes qué hacer y tampoco piensas. Puedes volverte loco. Uno tiene que renunciar a pensar, pero no tiene que hacerse menos consciente, más inconsciente. Al contrario, tienes que hacerte más consciente.
En esto consiste todo el arte de la meditación: en cómo estar totalmente en la acción, cómo renunciar al pensar, cómo convertir en consciencia la energía que se empleaba en pensar.
Va a ser algo muy delicado y sutil, porque si das un sólo paso en falso caerás en la ignorancia infinita.
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06/03/2006
Narciso y Goldmundo de Hermann Hesse

Durante largo tiempo los intentos de asedio de Narciso fueron impotentes para penetrar el secreto de Goldmundo. Durante largo tiempo se esforzó, al parecer en vano, por despertarlo, por enseñarle el lenguaje en que podía comunicarse ese secreto.
Lo que el amigo le había referido sobre su origen y su patria no suscitó imagen alguna. Aparecía en sus relatos un padre envuelto en sombras, impreciso pero venerado, y, luego, el recuerdo de una madre desaparecida o muerta que no era sino un pálido nombre. Poco a poco, Narciso, diestro en leer en las almas, llegó a descubrir que su amigo pertenecía a ese tipo de hombres en que se ha borrado una parte de su vida, que, bajo el peso de alguna desgracia o hechizo, debieron resignarse a olvidar una porción de su pasado. Comprendía que, en este caso, el mero preguntar y aconsejar no valía de nada; y comprendía también que había confiado con exceso en el poder de la razón y que había hablado mucho en vano.
No era, en cambio, vano el amor que le unía al amigo y la costumbre de estar a menudo con él. A pesar de la profunda diferencia de sus caracteres, habían aprendido mucho el uno del otro: gradualmente, había ido naciendo entre ellos, junto al lenguaje de la razón, un lenguaje espiritual y de signos, al modo como entre dos moradas puede haber una calle por la que pasan los carruajes y los jinetes pero aparte de la cual surgen muchos pequeños caminos de recreo, caminos laterales, caminos ocultos: caminitos de niños, sendas para enamorados, caminos apenas perceptibles de perros y gatos. Paso a paso, la viva fantasía de Goldmundo había ido penetrando, a través de varios caminos mágicos, en los pensamientos del amigo y en su lenguaje, y Narciso, por su parte, había llegado a entender y sentir sin palabras el genio y modo de ser de Goldmundo. A la lumbre del amor maduraban lentamente nuevos vínculos entre las dos almas y sólo después vinieron las palabras. Y así cierta vez, un día de asueto, en la biblioteca, inesperadamente, hubo entre los amigos una conversación que los situó de repente en el centro del problema de la esencia y sentido de su amistad y que proyectó luces nuevas a gran distancia.
En aquella sazón hablaron de astrología, que en el convento no se cultivaba y estaba prohibida, y Narciso dijo que la astrología era una tentativa para introducir orden y sistema en la considerable diversidad de tipos de hombres, destinos y vocaciones. En este punto intervino Goldmundo:
—Tú siempre estás hablando de diferencias, en tal manera que, poco a poco, he llegado a la conclusión de que esa es tu más peculiar característica. Cuando hablas de la gran diferencia que, por ejemplo, hay entre tú y yo, tengo la impresión de que la diferencia existe únicamente en tu extraña manía de buscar diferencias.
Narciso:
—Acabas de dar en el clavo. La verdad es que para ti las diferencias no tienen mayor importancia, en tanto que a mí me parecen lo único importante. Soy, por mi misma esencia, un erudito, mi vocación es la ciencia. Y la ciencia, para citar tus propias palabras, no es otra cosa sino la manía de buscar diferencias. No pudiera definirse mejor su esencia. Para nosotros, los hombres de ciencia, nada hay más importante que establecer distinciones; la ciencia es el arte de la diferenciación. Así, por ejemplo, conocer a un individuo es descubrir en él aquellas notas que lo distinguen de los demás.
Goldmundo:
—Perfectamente. El uno calza zuecos y es labriego, y el otro lleva en la cabeza una corona y es rey. Esas son, evidentemente, diferencias. Pero hasta los niños las advierten sin necesidad de ciencia.
Narciso:
—Mas si el labriego y el rey llevan iguales vestidos, el niño ya no acierta a distinguirlos.
Goldmundo:
—Y la ciencia tampoco.
Narciso:
—Quizá sí. No es más sagaz que el niño, conforme, pero tiene más paciencia; no se atiene exclusivamente a las señales más externas y groseras.
Goldmundo:
—Eso lo hace también todo niño inteligente. Descubrirá al rey por la mirada o el porte. En fin, para decirlo con pocas palabras: Vosotros los eruditos sois unos orgullosos y siempre nos tenéis por tontos a los demás. Se puede ser muy inteligente sin necesidad de ciencia alguna.
Narciso:
—Me alegra que empieces a verlo. Y pronto verás también que no me refiero a la inteligencia cuando hablo de la diferencia que existe entre tú y yo. Yo no digo: tú eres más inteligente o más tonto, mejor o peor. Digo tan sólo que eres distinto.
Goldmundo:
—Eso es fácil de entender. Pero tú no hablas solamente de diferencias de los rasgos externos sino a menudo también de diferencias del destino, de la vocación. ¿Por qué, por ejemplo, habría de ser tu vocación distinta de la mía? Como yo, eres cristiano, estás decidido a seguir la vida del claustro y eres hijo del buen Padre que está en los cielos. Tenemos el mismo fin: la dicha eterna. Nuestra vocación es la misma: retornar a Dios.
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